Como cada viernes, Théodore, Leonard, Otto, Arpía, Ofelia, Timothée y Leon se dirigen a su clase-cabaña en el bosque de Soignes.
Tras varias desventuras en el universo de la alta educación católica, Leonard y yo acabamos uniéndonos a la comunidad escolar Steiner-Waldorf.
En los diferentes talleres artesanales de la escuela, los alumnos trabajan la materia: Cartones para fabricar mapas geográficos, lana para tricotar las propias vestimentas o barro para crear formas geométricas. Todo este aprendizaje se lleva a cabo eurítmicamente: respetando el movimiento lento y natural de la vida. La euritmia constituye el eje central de la filosofia Steiner y el alma de las escuelas Waldorf.
La euritmia es el arte de expresar nuestra poética interior hacia el exterior, siendo conscientes de nuestro cuerpo y del lugar que ocupa en el mundo. La euritmia es el arte del movimiento y permite agudizar los sentidos al máximo. En las clases de euritmia, acompañados por la música del piano, los alumnos se dejan llevar libremente por la melodía, transportando la interioridad.
El objetivo final de las escuelas Waldrof no es la adquisicion de conocimientos para poder defenderse en la vida, sino la capcidad de percibir y crear belleza y conciencia para no tener que defendernos. Hacernos valer por lo que realmente somos es suficiente. Ni que decir que este tipo de escuelas desconoce el acoso. Un mundo mejor sería posible si toda las pedagogías activas dejasen de ser una minoría y se incorporasen con naturalidad en el sistema educativo público y privado.
El origen de la escuela moderna
“Es en nuestra naturaleza salvaje donde se halla la preservación del mundo”, escribió Henry David Thoreau en su ensayo Walking.
La palabra inglesa wild (salvaje) procede etimológicamente de will, voluntad. Lo salvaje no significa lo primitivo ni lo bárbaro, sino aquello que posee voluntad propia: la capacidad de vivir conforme a su naturaleza interior.
Si seguimos el razonamiento de Thoreau, la preservación del mundo depende precisamente de esa autonomía del ser humano.
Sin embargo, la escuela moderna nació con un objetivo muy diferente. A finales del siglo XVIII y durante el XIX, muchos sistemas educativos se inspiraron en modelos militares. Las primeras escuelas nacieron en Prusia para preparar soldados para la guerra: disciplina, horarios rígidos, filas, campanas, premios y castigos, conformaban los cimientos del sistema. El propósito era formar ciudadanos obedientes y funcionales para las necesidades del Estado, la guerra en un primer momento y de la economía industrial, después.
Con el tiempo, este modelo se volvió tan habitual que dejamos de cuestionarlo. La escuela pasó a parecer un elemento natural de la infancia humana, cuando en realidad es un experimento relativamente reciente de ingeniería social.
Los años de confinamiento
El primer día de escuela suele ir acompañado de lágrimas. El niño es separado de su entorno natural y aprende poco a poco a adaptarse a un espacio cerrado: aulas, pasillos, horarios y evaluaciones constantes.
Algunos niños se adaptan rápido. Otros pasan años mirando por la ventana.
Cuando la escolarización termina, muchas personas han pasado la mayor parte de su infancia dentro de esas “j-aulas”. Paradójicamente, muchos desconocen el nombre de los árboles que crecían al otro lado de la ventana, no saben orientarse con el sol, ni reconocer las diferentes especies de plantas o pájaros.
Sin embargo, el ser humano posee una enorme capacidad natural de aprendizaje cuando vive en contacto con su entorno. Un habitante del altiplano de Papúa Nueva Guinea puede reconocer decenas de especies de aves por su canto. Un chamán amazónico distingue cientos de plantas medicinales. Un aborigen australiano memoriza territorios inmensos a través de cantos rituales.
Para conocer el mundo, hay que vivir en él.
Atención abierta. Plena conciencia
Muchos estudios actuales muestran que la desconexión de la naturaleza aumenta la ansiedad y la depresión. Algunos investigadores hablan además de la diferencia entre concentración forzada y atención abierta.
La escuela obliga al niño a concentrarse constantemente: cambios de clase, timbres, ejercicios, evaluaciones. Pero la atención natural del ser humano funciona de otra manera. Cuando un niño observa libremente algo que despierta su curiosidad —un insecto, una planta, el movimiento del agua— puede pasar horas explorándolo.
La atención abierta es lo que se diagnostica hoy como TDAH y se aproxima, según la psicóloga Suzanne Gaskins y otros investigadores, al concepto budista de “plena conciencia”. Si algo se mueve en el campo de visión de un niño con atención abierta, podrá pasar horas y horas observándolo y asimilará su cultura y construirá su identidad a través de un proceso natural de ósmosis. Los niños forzados a permanecer en estado de concentración acaban por perder su capacidad natural de observación y reducir su estado de conciencia.
Educación, libertad y voluntad
Muchas figuras creativas tuvieron relaciones difíciles con la escuela: Albert Einstein, Charles Darwin o Pablo Picasso fueron considerados estudiantes mediocres o distraídos.
Quizá no eran malos alumnos. Tal vez simplemente conservaban algo de esa naturaleza salvaje de la que hablaba Thoreau: la capacidad de pensar por sí mismos.
Cuando esa voluntad es reprimida desde la infancia, el individuo aprende a someterse a autoridades externas y a medir su valor según calificaciones, éxito profesional o estatus social.
Pedagogías alternativas
Frente a este modelo han surgido diversas propuestas educativas que buscan recuperar la relación entre aprendizaje, libertad y naturaleza. Entre ellas destacan las experiencias impulsadas por Jiddu Krishnamurti y por el propio Rudolf Steiner.
Estas escuelas exploran cuestiones fundamentales como el miedo, la competencia, la autoridad o la libertad. Intentan crear espacios donde el aprendizaje se base más en la curiosidad que en la coerción.
No es casual que los regímenes autoritarios hayan desconfiado históricamente de este tipo de educación. Un individuo que aprende a pensar por sí mismo y a confiar en su propia voluntad difícilmente aceptará ideologías basadas en el odio, el racismo o el autoritarismo.
Volver al mundo
Quizá la cuestión no sea elegir entre escuela o naturaleza, sino recordar algo mucho más simple: que el ser humano forma parte del mundo que lo rodea.
Un niño libre, en diálogo constante con su entorno, aprenderá naturalmente a observar, cuidar y comprender ese mundo.
Y tal vez entonces la frase de Thoreau adquiera todo su sentido:
«La preservación del cosmos depende de nuestra naturaleza salvaje«.
O lo que es lo mismo: de nuestra voluntad.
